High School Musical La Selección

Versión teatral de High School Musical

Se estrenó en Chicago, donde rescataron su valor moral. No todos los días aparecen nuevas religiones, de manera que hay que tomar nota cuando una creencia pasa del estatus de culto a una fe con todas las letras.

Recientemente, un credo incipiente les ha robado el corazón a miles de jóvenes estadounidenses. Sus principios fundamentales incluyen la idea de que a todo el mundo le va verdaderamente bien en el colegio secundario y, por lo tanto, ser adolescente es superdivertido.

El nombre de esta nueva religión es High School Musical .

Lo que empezó siendo apenas un telefilm de Disney Channel se ha convertido en un fenómeno internacional tanto en el terreno comercial como en el espiritual, al menos para jóvenes adolescentes (especialmente chicas). DVD, CD, remeras y objetos promocionales, más otros productos derivados de giras de conciertos, han proporcionado a los ardorosos fanáticos las reliquias, los íconos y los encuentros apostólicos necesarios para la práctica devocional. Ahora la grey espera con ansiedad el advenimiento de una segunda revelación. El nuevo testamento, High School Musical 2 , que se estrenará por Disney Channel el 17 de agosto, en los Estados Unidos.

Al mismo tiempo, una réplica del film original -un jardín de infantes de canto y danza, podríamos decir- ha sido finalmente articulada y enviada de gira para ayudar a los creyentes a conservar su fe.

La producción teatral de High School Musical tuvo funciones de preestreno en Detroit y en Filadelfia antes de estrenarse oficialmente en Chicago, en el teatro LaSalle Bank, donde permanecerá en cartel hasta el 2 de septiembre. Como cronista de la teología teatral, el deber periodístico exigió la asistencia de este cronista.

Para los no iniciados, tal vez sea necesario proporcionar algunos datos de base. De la misma manera que una nueva fe siempre deriva de sistemas de creencias más antiguos (ver judaísmo y cristianismo), High School Musical deriva esencialmente de una mitología previa, promulgada en la última parte del siglo XX. Es decir, Grease . (esa religión, por supuesto, no se ha extinguido por completo; de hecho, este mes emergen en Broadway representantes de una nueva secta).

Como en Grease , en la que una muchacha y un chico de mundos opuestos luchaban contra el ostracismo social para encontrar el verdadero amor en la escuela secundaria, Troy Bolton y Gabriella Montez, el héroe y la heroína de High School Musical , luchan contra la presión de sus pares y contra la duda propia para abrirse paso en el escabroso camino hacia el romance.

Sin embargo, High School Musical representa una significativa evolución filosófica de la liturgia “greasiana”. En el antiguo sistema, estrictamente maniqueo, la feliz unión de los tortolitos sólo se producía cuando la buena chica, Sandy, abandonaba sus principios (y su cola de caballo) para adoptar las creencias más oscuras de su amado, Danny. En la versión cinematográfica, como se recordará, Olivia Newton-John se rizaba el pelo, se embutía en spandex negro y bailaba como loca el shimmy para simbolizar su bautismo.

En High School Musical , ni la estudiosa Gabriella ni el atleta Troy se ven obligados a abandonar su “camarilla”; en cambio, afirman su independencia de la opresión cultural (el statu quo, tal como lo expresa uno de los himnos fundamentales) declarando su lealtad mutua y, en otra esfera, al gran dios Thespis. Encuentran verdadera realización y expresan su individualidad en el musical de la escuela.

De todas maneras, la versión teatral, enérgicamente dirigida por Jeff Calhoun (quien hizo la puesta y la coreografía de la última versión de Grease en Broadway) y con libro de David Simpatico (basado en el guión para TV, de Peter Barsocchini), incluye todas las contagiosas canciones del film, casi en el mismo orden, así como otras dos nuevas.

La adaptación teatral presenta algunos ajustes dramáticos menores, pero significativos. Las motivaciones de los personajes están sutilmente enriquecidas; se agregan algunos significativos datos contextuales; la línea narrativa es más elaborada, con el agregado de un subtexto con matices emocionales y… ¿de qué estoy hablando?

Lo que los seguidores necesitan saber es que John Jeffrey Martin, que encarna a Troy, el capitán del equipo de básquet que descubre en su interior al fanático de la actuación, canta bien y es muy guapo, con una hermosa sonrisa y centelleantes ojos azules. Los acólitos del santificado Zac Efron, que creó el rol en la película, deben estar advertidos, sin embargo, de que Martin no tiene el jopo desmechado que es la marca registrada de Efron.

Repito: nada del jopo de Troy. Sólo un desenfadado corte cepillo.

Dejando de lado esta radical desviación de la norma, posiblemente herética, se tomaron pocas libertades en cuanto al elenco. Arielle Jacobs es de un recato encantador; al igual que Vanessa Anne Hudgens, como Gabriella. Chandra Lee Schwartz actúa con acierto como la altiva e histriónica villana Sharpay, tal como lo hace Ashley Tisdale en el film.

Admirablemente, la versión teatral es más directa en las insinuaciones de que el hermano y niño mimado de Sharpay, Ryan (el desenfadado Bobby List) es gay. Esto está de acuerdo con un artículo crucial de la nueva fe, que afirma que está “okay” ser uno mismo, aun cuando eso signifique batir una fantástica crème brulée después de la práctica de básquet.

Si todo esto refleja la realidad actual en las escuelas secundarias de los Estados Unidos, es algo que no sé, y francamente lo dudo. Pero la devoción religiosa no se trata de enfrentar las duras verdades del mundo, sino de buscar algún solaz en medio de ellas y de encontrar inspiración para cambiarlas.

En cuanto a eso, soy un escéptico creyente en High School Musical y en su capacidad de mejorar el mundo. “We re All in This Together”, el coro del himno culminante del espectáculo, resulta tan profundo y moralmente instructivo como cualquier precepto religioso. Entonces, “¡vamos, Wildcats! ¡Viva el teatro!”

(La Nación)

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